Queridos aitona Josu y amona Mari Carmen:
Os escribo desde mi cabaña del monte, junto al fuego, mientras Napo descansa y Mari Domingi me hace compañía. Hoy no traigo una carta para un niño. Esta es para vosotros. Me la han pedido vuestros hijos Ana y Mikel y vuestros nietos Ane, Unai y Lur.
Hace muchísimos años que os conozco. Desde el monte he visto llegar la Nochebuena al caserío de Arratia. Recuerdo la luz dentro de la casa, las voces reunidas y aquel saco de patatas que llevabas, aitona, cuando hacías de Olentzero. Yo miraba desde lejos y dejaba que siguieras. Napo, en cambio, ponía las orejas tiesas: no entendía cómo podía estar yo en dos sitios a la vez.
Aquella noche también la recuerdo yo.
Durante muchos años habéis sido de mis mejores ayudantes. Os quedabais despiertos la noche del 24 para que, a la mañana siguiente, otros abrieran los ojos como platos. Primero Ana y Mikel. Después Ane, Unai y Lur. Vosotros pendientes de que todo estuviera preparado, sin pedir nada a cambio. Os bastaba con verlos llegar.
Gracias por cuidar de los nietos cada tarde. No una tarde de vez en cuando: cada tarde. Ane, Unai y Lur con vosotros, y Ana y Mikel sabiendo dónde están sus hijos y con quién.
Gracias por los domingos de cocido. Por ponerlo en la mesa y reunir a los vuestros alrededor. Desde aquí arriba, cuando pienso en vuestros domingos, veo esa mesa y a vosotros dos entre los vuestros.
He llevado muchos regalos por los caminos del monte. Pero el más bonito no lleva lazo ni cabe en mi saco: es la familia que habéis formado. Ana y Mikel. Ane, Unai y Lur. Vuestros hijos y vuestros nietos, juntos hoy para daros las gracias.
Todo empezó con vosotros.
Mari Domingi os envía un abrazo muy grande. Yo os deseo salud, tranquilidad y muchos domingos con la casa llena de voces.
Con todo mi cariño, y con el de quienes firman aquí debajo,
Olentzero
Y con él firmamos, con todo nuestro cariño:



