Querida Ane:
Te escribo desde mi cabaña del monte, con la carbonera encendida y Napo roncando a mi lado. Tengo algo importante que contarte, y he esperado a que fueras ya de las mayores para hacerlo.
Me han contado que en clase Jon dijo que los regalos los preparan en casa. Jon tiene parte de razón, pero no conoce toda la historia. Y tú ya puedes conocerla.
Te diré un secreto de viejo: me hago mayor. Cada invierno las cuestas parecen más largas, Napo se para a mordisquear cada arbusto, y Mari Domingi me riñe porque así no llego a todas las casas. Hay tantos niños, y yo soy uno solo.
Por eso, desde hace muchísimo tiempo, tengo ayudantes. En cada casa elijo a las personas que más te quieren: las que te conocen de memoria, te escuchan incluso cuando hablas bajito, te arropan si hace frío, celebran tus avances y guardan tus dibujos aunque ya no quepan. La noche del 24, cuando todos duermen, se quedan despiertas un ratito para ayudarme a preparar lo que has soñado. Y lo más bonito: a la mañana siguiente, mientras abres los paquetes, ellas no miran el papel ni los lazos; te miran a ti. Esa cara es el regalo que esperan todo el año.
¿Se te ocurre quiénes son los tuyos?
Sí, Ane: aita, ama y amona Pili. Te quieren con paciencia de todos los días. ¿Te acuerdas de la bici roja de hace dos años? La escogimos entre todos; ellos llevaban meses prestando oído a lo que me pedías en voz bajita.
Un carbonero no deja que se apague su brasa. Ahora tú también vas a cuidar una: la de Unai. Él todavía me espera con los ojos muy abiertos; guárdale el secreto para que su espera siga viva muchos años.
Y, como buena ayudante, tienes tu primera misión secreta: antes de Nochebuena, haz algo bonito por amona Pili sin que sepa que has sido tú. Fíjate con atención en qué le haría ilusión. Verás qué gusto da estar al otro lado de la sorpresa.
Mari Domingi te manda un abrazo grande. Dice que ya intuía que estabas preparada para esto.
Bienvenida al grupo de mis ayudantes, Ane.
Olentzero



